La historia, en definitiva, la hace cada ser humano que traspasando la barrera de la concepción es capaz de dar vida a historias personales, sociales, en fin, humanas.
Son incontables las realidades de las que podemos ser parte e indudablemente el ser parte de alguna nos hace seres únicos.
Trabajando en la formación de parras (temporeros en Ruta 2012), en un desierto de infinitas parras, el silencio me invitó varias veces a traer al recuerdo a cada uno de los que me ha tocado ser un pedacito de su vida, y porque no decirlo, de su transformación.
Entre explicaciones, algunas muy buenas y otras sólo explicaciones, aprendí que el trabajar la tierra posee detalles inmensos para que podamos exhibir en nuestra mesa, por ejemplo, un jugoso racimo de uva. Este proceso es extremadamente muy parecido a la formación (o tranformación, educativamente hablando) del ser humano.
No basta con decidir poner la semilla en cualquier lugar. Debemos primero fertilizar la tierra, hacerla apta para dar vida, darle textura, color, un no se qué especial que propiciará un lugar perfecto para dar vida. Desde antes, también, tirar líneas, tener un proyecto, trazar expectativas, mirar un camino por el cual posiblemente queramos que este nuevo ser "vivo" se pueda guíar.
Preparada la tierra, se procede a poner en ella la raíz de una semilla que ya ha sido guardaba e incluso manipulada, en la cual se ha pensado hasta el más mínimo detalle (color, sabor, textura) o simplemente se espera la sorpresa de cual será el resultado de "equis" mezcla, que es como lo que pasa con el ser humano.
Se sigue protegiendo, pueden ser muchos los partículas externas las que pueden afectar a este nuevo ser. Si se enferman pueden hasta morir en el intento crecer. Basta sólo una hojita para quitarle vida a lo que ya existe.
Si la protección ha sido buena, la plantita comienza a crecer, y poco a poco hay que ir amarrandola a la guía para que crezca lo más derechita posible. No hay que ahogarla ya que corremos el riesgo que la falta de espacio e incluso libertad nos dé por resultado un ser inamovible, sin vida. Muchas veces puede caer en manos de bichitos que la carcomen y la dejan sin fuerza.
Si las amarras son precisas, solo bastará de un resguardo, de una escucha y apoyo constante para que la ramita siga por un camino, no derecho a ojos cerrados, pero con la posibilidad de que alguien lo enderece cuando sea neceario, ya que cada torcedura puede provocar dolores que sólo una mano compañera puede sanar. Si llegase a ser un daño irreversible, entonces una cirugía mayor sería la única solución ante el panorama adverso, intentando dejar la esencia, y aquello bueno y no tan bueno que va en sus brotes.
Cuando ya ha tomado forma, debemos fijarnos en algo así como sus fortalezas y debilidades. Hay algunos de sus brotes que serán realmente necesarios para en el futuro, que harán a la planta más fuerte; y otros que no serán necesarios, que sólo sirvieron para mostrar mucho (muchas hojas) pero que no necesariamente servirán para dar más vigorosidad a la planta.
Muchas veces habrá que guiarla nuevamente, levantarla porque ha caído, mantenerla firme para que en su momento pueda dar los mejores frutos.
Ya la hemos criado, resguardado. Ahora estamos a la espera que en cualquier momento decida comenzar a formar minúsculos racimos, que aún verdes dan la impresión de ser el inicio de los frutos.
El sol, el aire, el agua, dan fuerza a los frutos para poder crecer. Protegidos por hojas verdes, se dedican a crecer día a día, con un cuidado constante. Son muchas las que viajarán, otras serán degustadas por quienes se han encargado de cuidarlas, otras no serán las más bellas y terminarán arrugadas pero igualmente siendo disfrutadas, otras se quedarán para ser disfrutadas por los ciudadanos comunes y otras volverán a la tierra como abono de las próximas cosechas.