Elegir ¿es la solución?
De manera rápida solo debería ser un medio y no un fin.
Las historias de otros pueden desatar en nosotros la capacidad de volver atrás y darse cuenta que el camino recorrido ha sido la consecuencia no sólo de una familia, de una comunidad, sino también de un Estado que constitucionalmente ve en la educación un medio para la movilidad y la mixtura social, en donde la escuela es el encuentro entre las diferentes realidades sociales, en donde confluyen no sólo lo que somos, sino lo que seremos, eso que con ansia esperamos de nuestra especie.
En nuestros días agitados y como protagonistas de la construcción del futuro, ese futuro se vuelve incierto cuando no encontramos respuestas válidas que atiendan al nuevo ser humano que hemos creado, no sólo con necesidades como tener un lugar digno donde dormir y que comer, si no que a la adquisición de herramientas transversales para su transformación como persona.
En Chile, el Estado debe promover desde pequeños la educación. Y no es menor esta promoción, ya que desde los primeros años es posible asegurar que las posibilidades para surgir sean para la mayoría y no para algunos. Ahora, el asegurar o promover no es la solución si al pasar el tiempo, esta instancia única de potencialización del ser humano se convierte en el campo de batalla de los intereses de alguno y no de los intereses de todos como lo es la evolución de nosotros como especie.
Hoy, la educación básica y media ha sido el espacio que se ha elegido como obligación social, sin importar ninguna condición. Pero ¿cómo es entonces que no todos recibimos lo mismo? ¿Dónde está el problema? ¿es acaso la visión del hombre como un capital humano la raíz del problema? Durante el siglo IX y XX lo fue el progreso basado en la alienación del hombre y hoy lo es el progreso como alienación del hombre, los estándares, la competencia, los beneficios, los privilegiados, masas ineducadas y desinformadas. Pesé a eso no lo es completamente. Hoy son muchos más los que logran romper ese velo y ser concientes de lo que ocurre alrededor.
Cuando pequeña, mi paso por una escuela católica asentó mi fundamento como persona, me enseñó en ver al otro como un igual, pero no así a sentir que todos teníamos derecho a lo mismo.
Luego fue a parar a la querida escuela pública, en donde sin dudar pasé los mejores años de mi vida, con profesores arriesgados que amaban su profesión pero que pese a eso trataron de convencerme por todos los medios de que la docencia no era lo mejor. Prendieron en mi la opción de ir a parar a esos liceos que eran tan reconocidos como buenos, en donde poco menos el futuro estaba asegurado. Si aún recuerdo cuando en la clase de lenguaje y comunicación tuvimos que imaginar nuestro curriculum futuro y el sueño de la mayoría era ir a parar al Nacional, o al Carmela, o al Nº1 o al Lastarria. Era el sueño de la mayoría.
A fines de 6º básico un grupo de compañeros nos enfrentamos a la pruebas que hoy ya más grande descubro, determinan el futuro de muchos estudiantes, el futuro acceso a la educación superior "tradicional", "de buena calidad", "de donde salen los mejores profesionales", "los mejores pagados", "la felicidad asegurada". El éxito o el fracaso depende de una prueba de la que muchos saben los "pitutos" son los fieles compañeros del proceso. La sensación de dar esa prueba la reviví y eso me llevó a escribir ésto.
Es como poner todo el futuro en juego, es una familia que espera que su hija que tiene súper buenas notas pueda tener un buen futuro con las comodidades necesarias, con las ganas de hacer lo que su vocación quisiera. El día de los resultados recuerdo haber buscado mi nombre y rut, los cuales no aparecieron. Mi madre me había convencido que nada era determinante, y que fuera lo que fuera se tendría que asumir como un desafío. Luego del resultado mi desafío ahora era terminar la básica y tener que buscar una entre tantas opciones.
Mi elección, no recuerdo si era aceptada o no por mi padres pero la tomé con la sensación de querer ir en contra de lo que todos habían esperado de mi.
Siempre quise ser profesora pero elegí un oficio, del cual no me arrepiento y del cual aprendí ante todo a valorar las manos del hombre, su ingenio, su capacidad de hacer, de disponerse a ser creador. Con buenos y malos profesores descubrí que el hombre no puede vivir sin vestuario y que todo era gracias a lo que algunos llaman el pecado de haber comido de una manzana, en aquel preciso momento en que vimos tanta diferencia en un otro, desnudo, descubierto, inseguro, que decidimos taparnos. Fue ésto un gran salto para la humanidad ya que debe haber sido la primera gran industria. Todos piluchos había que buscar un abrigo.
No era entonces una elección tan descabellada pero en el camino descubrí que no era lo que quería para mi vida. En fin, por el momento era necesario.
Ya se había desechado la posibilidad a corto plazo de desarrollarme entre libros y futuros gloriosos y me desarrollaba entre máquinas, telas, hilos y un gran sueño de poder llegar a la universidad a estudiar lo que había elegido seguramente en el momento preciso en que algún gran profesor de mi historia hubiera dejado marcado en mi las ganas de educar. Ahora pienso y creo que fue mi madre la primera que inculcó en mi el enseñar a los demás.
Mi paso por la enseñanza técnica dejó en mi la sensación de que está educación es una opción, pero una opción cerrada, limitada. Fuimos muy pocas las que logramos traspasar la barreras y poder entrar a estudiar a la universidad. La mayoría se quedó en la industria o se salió de ella para desenvolverse en otra cosa menos en estar frente a una máquina. Creo que dos son diseñadoras o van hacía eso y lograrán estar a cargo de trabajadores.
El momento más incomodo de todos, el más indeseable, es saber que tus conocimientos van a ser reflejados en un número, un número que marcará lo que serás. Otra prueba en la vida se cruza para poder acceder a algo mejor. Otra prueba que sin quererlo determina, y determina de tan cruel manera que si ya diste bote alguna vez, el bote de ahora pone en juego una familia futura, una estabilidad futura, un trabajo futuro y así un sin fin de cosas. Ya no es saber si vas a tener acceso a mejores formas de conocer el mundo, ahora es, que vas a hacer de tu vida el resto de tu vida.
Yo, con 18 años teniendo que tener que poner en juego lo que quiero para el resto de mi vida. Obviamente el camino ya estaba elegido y en mis dos años de pelea con el sistema de ingreso fue siempre la primera opción.
Como el liceo no me había preparado satisfactoriamente en los ramos medios, la opción era el hoy bien catalogado preuniversitario. El sacrificio fue doble, hacer mi práctica, tener mi título, prepararme para dar nuevamente la prueba y trabajar en eso que tanto había aprendido a querer para ser desvalorada, menospreciada por alguien que hoy comprendo no será mejor que yo.
La segunda vez ya era la definitiva. Mi sueño era aquella que había visitado desde pequeña, con mamá de la mano, en donde su pasillos me llevaban a soñar que sería el mejor lugar para estudiar. Las 00:00 trajeron la noticia de haber subido pero no lo necesario. Entonces ahora si estaba determinada a elegir en la jungla del mercado lo mejorcito para poder hacer algo mejor de mi vida. La mezcla era rara, lo mínimo fue la desesperación de no encontrar lo mejor y tener que trabajar en algo que era bueno pero que no esperaba, para toda mi vida.
Apareció entre los todas la que hoy me ha hecho avanzar y en la que no me he arrepentido en ningun momento estar ahí. Ya soy casi profesional, estoy llevando a cabo mi primera opción y estoy feliz, pese a todo feliz. Pero la felicidad se pone borrosa ya que en mis años de transformación como persona he aprendido a no ser indiferente y como he descubierto que mi camino no ha sido nada fácil, me provoca incertidumbre saber que son muchos en mi misma posición.
Algunos libros dicen y algunas ideologías recalcan que el hombre se hace mejor con la educación. Entonces el Estado se encarga de destinar mucho dinero a que este microsistema pueda desarrollarse. Pero no es igual para todos. No todos tenemos las mismas opciones. No todos tenemos las mismas capacidades, no todos tenemos los mismo apoyos, pero sí la mayoría tenemos o sueños individuales o colectivos que nos llevan a tener expectativas en que las cosas pueden ser mejor.
El sueño esta latente y hoy está en la calle, en los estudiantes en paro, en las instituciones en toma, los gritos de descontento, en el rechazo a medidas parches, en la rabia en contra de quienes han llegado tan alto que se han olvidado de quienes estamos abajo, de quienes también queremos cambiar el mundo, pero desde lo que somos, desde el trabajo diario, desde una masa que sabe lo que quiere y lo quiere para todos. En realidad el futuro no es tan incierto, lo que falta es el creer en el otro, el no poner en juego con medidas, con números, con estandares. Aunque lo queramos no somos iguales, somos tan diferentes que nos tenemos que cubrir por miedo a un otro que nos mira. Somos una historia tan viva en construcción que no nos damos cuenta que nos pasa la cuenta.
En fin, cada uno debe ser feliz, alcanzando lo que ha decidido para ser feliz pero sin olvidarse del otro, sin soltarle la mano, porque para crecer hay que avanzar juntos, porque si no, no vale la pena ni el trabajo.
[Nuestro sistema está descompuesto, y parece imposible componerlo, posible pero no podemos esperar]
domingo, 3 de julio de 2011
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